El Pesebre en Navidad – Historias de Navidad

EL PESEBRE DE NAVIDAD

P. Guillermo Rosas ss.cc.

El pesebre, o nacimiento, o belén, como es llamado en otros países de lengua castellana, es el signo más claro y hermoso de la Navidad.  Como ocurre también con el árbol, el pesebre es un signo que se puede instalar en cada casa, en medio de cada familia, para celebrar el nacimiento de Jesús en Belén.  Pero a diferencia del árbol adornado, que es un signo adoptado del mundo europeo y está ligado en su origen a costumbres paganas de la época invernal, el pesebre es un signo que habla inmediatamente del Evangelio del nacimiento del Salvador.  Es Palabra de Dios, una representación gráfica del relato de los evangelistas Mateo y Lucas.  Es ante todo un cuadro bíblico.

La representación de la escena del nacimiento es muy antigua en la Iglesia.  Se halla ya en algunos bajorrelieves de sarcófagos de los siglos IV y V, y en el siglo XI surgieron en catedrales y abadías para acercar al pueblo el sentido de la liturgia de la Navidad.  Sin embargo, fue recién en el siglo XIII, y por inspiración de san Francisco de Asís, que el pesebre comenzó a difundirse con fuerza, primero por Europa y más tarde por todo el mundo cristiano.

En 1235, en efecto, san Francisco dispuso la representación del nacimiento en Greccio.  Cuenta su biógrafo Tomás de Celano que tres años antes de su muerte, y unos quince días antes de la celebración de la Navidad, san Francisco llamó a Juan, un hombre al que tenía gran afecto y le dijo: “«Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar.  Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno».  Él oyendo esto, el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría, de exultación.  Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años.  Llegó, en fin, el santo de Dios, y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró.  Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno.  Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén.  La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales.  Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos.  La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos y alegría…”

A partir de esta experiencia, los franciscanos popularizaron el pesebre, que luego fue representado no sólo con las figuras de María, José, el Niño, el buey y el burro, sino que fue haciéndose cada vez más complejo.  Se le fueron agregando no sólo personajes bíblicos como los ángeles, los sabios de Oriente (popularmente llamados los “reyes magos”) y los pastores, sino infinidad de otros hombres y mujeres.  Así, la escena universal de Jesús recién nacido se “inculturó” a partir de entonces en las imágenes sencillas de cada pueblo, representando a todos las naciones y culturas que se acercan al pesebre para adorar al niño, y con los materiales más diversos.

La sencilla y hermosa descripción del pesebre de Greccio podría ser la de todas nuestras casas o comunidades donde “armamos el pesebre”.  Cada casa es Belén en la noche santa y feliz del nacimiento de Dios entre nosotros.  El Niño Jesús es la humanidad y jovialidad de Dios en medio de su pueblo, y la alegría de los pobres, entre quienes se encarnó. Dios-con-nosotros, Jesús de Nazaret, es la Palabra que planta su tienda en medio de nosotros, para redimir desde dentro a la humanidad.

¿Cómo no alegrarse? ¿Cómo no rodear a la escena del pesebre incluso de esa ternura que nos suscita cualquier recién nacido junto a su madre y su padre?

Ojalá toda familia chilena tuviese un pesebre en su hogar. Así como el “árbol de Pascua” ha entrado ya en todos los ambientes, a menudo como único signo de la Navidad aún en familias cristianas, es deseable que el pesebre, que es un signo mucho más importante desde el punto de vista bíblico, litúrgico y espiritual, vaya encontrando un lugar permanente en nuestras fiestas de Navidad.

Ofrecemos una pequeña oración para instalar un pesebre sencillo, que tenga las figuras principales: el Niño, María y José, los ángeles, los pastores, los sabios de Oriente y los animales (buey, burro, un par de ovejas).

LITURGIA DOMÉSTICA DEL PESEBRE

El 24 de diciembre, preferentemente por la tarde o a la hora que se pueda reunir toda la familia, ésta se congrega en torno al lugar donde han “armado” anteriormente la representación del establo con el pesebre en el que se recostará la figura del Niño.  Es mejor que no sea el suelo, sino un lugar un poco más alto, que permita ver mejor la escena, y que ese lugar sea el de la reunión familiar.  Las figuras están, al inicio de la liturgia, en un lugar cercano, al alcance de la mano. La liturgia la puede dirigir el papá, la mamá u otro miembro de la familia.

(D: Lo que dice quien dirige la liturgia; R: La respuesta de los demás; T: Lo que dicen o cantan todos.)

D: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

R:          Amén

D: El nacimiento de Jesús ya se acerca. José y María han llegado a Belén, para ser empadronados en el censo.  No han encontrado ninguna pieza libre en los hotelitos de Belén, y María ya está por dar a luz al niño.  Después de mucho golpear puertas, se han instalado en un establo pobre, junto al pesebre donde comen un buey y un burrito, para recibir a su hijo que ya llega.

Se traen y se colocan en el establo las figuras de María, de José y de los animales, mientras se canta:

T: (Canto):

Ven, ven Señor no tardes,

ven, ven que te esperamos,

ven, ven Señor no tardes,

ven pronto, Señor.

D: En esta noche bendita, Dios se hace Dios-con-nosotros al nacer de la Virgen María.  En la oscuridad de la noche brilla el rostro de Jesús. María y José están felices, y nosotros nos alegramos con ellos.

Se trae y se coloca en el pesebre la figura del Niño Jesús, mientras se canta:

T: (Éste u otro villancico):

A las doce de la noche

todos los gallos cantaron

y en su canto anunciaron

que el niño de Dios nació.

¡Ay sí, ay no!, al niño lo quiero yo.

¡Ay sí, ay no, al niño lo quiero yo!

D: Los ángeles le contaron a los pastores que el Niño había nacido.  Y ellos corrieron a verlo, acompañados de su rebaño, y su alegría fue muy grande.  “Nos ha nacido el Salvador”, decían, mientras los ángeles cantaban “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que aman al Señor”.  Después llegaron tres sabios del Oriente siguiendo una estrella luminosa que vieron en el cielo. Le trajeron al niño oro, incienso y mirra, que son regalos para un rey. María y José, que eran pobres, estaban admirados y agradecían a Dios.

Se traen y se colocan las demás figuras: pastores y ovejas, los tres sabios de Oriente y otras que pueda tener la familia, mientras se canta:

T: (Éste u otro villancico):

Gloria cantan en el cielo

al niño que nació en Belén

y el eco de valle en valle

repite una y otra vez.

Glo… ria, a Dios en el cielo.

Glo….ria, a Dios en el cielo.

Después se puede rezar este himno, dividiendo al grupo en dos y alternándose en las estrofas:

Te esperamos de día, viniste por la noche,

cuando dormía el mundo y todo su fragor,

cuando en el cielo negro miraban las estrellas

a la estrella más clara que nunca nadie vio.

Pensamos que venías, tal vez, sobre esa estrella,

montado como un héroe, con fuego y con poder,

pero viniste pobre, pequeño y olvidado,

acunado en los brazos de una frágil mujer.

Pensamos que traías espada justiciera

y el brazo enarbolado de fuerza y esplendor,

pero llegaste quedo, sin más ruido que el llanto,

y en un viejo pesebre tu padre te acunó.

Creímos que vendrías vestido de relámpagos,

que tu brazo sería un sable destructor,

pero yaces callado, sólo envuelto en pañales,

mientras la estrella clara te viste de blancor.

Supimos por el ángel que eras el esperado,

que tu gloria no es esa que esperábamos ver,

que tu luz y armadura no son las de este mundo,

sino las del reinado que has venido a traer.

¡Ahora, niño hermoso, sonríele a la aurora,

que la buena noticia recorra el nuevo sol!

Los magos y pastores, el mundo entero llega

a los pies del pesebre para alabar tu amor.

D: Oremos: Dios bueno y misericordioso, que quisiste que tu Hijo naciera en humildad y pobreza: haz que, al contemplar hoy las figuras de este pesebre, nos sintamos llamados a ser fieles en el camino del Evangelio y que, junto a los pastores, los sabios y todos nuestros hermanos de la tierra, alabemos tu bondad y celebremos la salvación que nos regalas.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

R: Amén.